La conexión es nuestra fuente primaria de energía.

– ¿Hola? ¿Estáis conectados?
– Hola, sí. ¿Me escucháis bien?
– Sí, te escuchamos pero no te vemos, enciende la cámara.
– Vale. Ahora mismo me conecto.

¿Te resulta familiar? En los últimos meses hemos sido partícipes de decenas de conversaciones que han comenzado de esta manera. La palabra conexión es una de las más utilizadas. Sin embargo, ¿Estamos realmente conectados?

Uno de los actos humanos más básicos y necesarios es el contacto. El contacto no sólo con el mundo interior -con uno mismo- sino con otros. El contacto es la esencia de nuestra naturaleza, es la esencia de todo sistema social, de todo vínculo. Sin embargo, no siempre estamos disponibles para el contacto, muchas veces simplemente lo evitamos, le tenemos un profundo temor.

Cuando comencé mi trabajo como Facilitador en Oratoria en la Asociación Profesionales de Medios de Argentina (a mis tan sólo 22 años de edad) comencé a observar que el gran desafío con la que la gran mayoría de los participantes se encontraba era con el contacto. La experiencia de pararse frente a un grupo de personas se traducía en una experiencia tan insoportable que simplemente se desconectaban. Y todos ellos, sin saber, llegaban al curso con la misma declaración: perder el temor a hablar en público. Temor que se traducía en desconexión.

Todos sabemos que la conexión es clave para una comunicación persuasiva, para comenzar una relación -tanto personal como profesional o laboral-. No es posible influir en otros sino es a través de la conexión. Es requisito indispensable. Si no siento esa conexión entonces no podré seguirte. Esa brecha imaginaria que sentimos cuando estamos desconectados siempre crece hasta el punto en el que simplemente nos disolvemos, perdemos relevancia, nos hacemos prescindibles.

Recuerdo a una de los participantes que cuando llegó al curso, en la primera clase, me miró a los ojos y consternada -incluso con vergüenza- me dijo: «no puedo, cada vez que intento (hablar en público) me pongo en blanco, siento que el mundo desaparece y yo me hundo, es una sensación horrible».

Esto no sólo sucede cuando hablamos en público. La desconexión es algo que utilizamos con frecuencia cuando experimentamos vergüenza o temor a ser juzgados, cuando sentimos que si conectamos con lo que nos sucede deberemos tomar decisiones que nos colocan en contextos que nos resultan intolerables y por tanto, evitamos incluso imaginarlos.

Con frecuencia sostenemos relaciones desde la desconexión. Los miembros de un equipo de trabajo pueden estar desconectados unos de otros , un directivo puede estar desconectado de su equipo, una familia puede estar desconectada, uno mismo puede estar desconectado de uno mismo. Es fácil desconectar y más aun en tiempos donde nos refugiamos detrás de un usuario en la redes sociales, o nos llenamos de tareas y preocupaciones ante un futuro incierto, o nos sumergimos en excesos (de cualquier tipo: desde laborales hasta de comida, de esparcimiento, alcohol, droga) justificándonos de muchas maneras.

Lo cierto es que lo que verdaderamente estamos haciendo es desconectándonos, y lo hacemos porque nos resulta difícil tolerar los costos de la conexión. Intentamos adormecer el temor, de callarlo, lo que no nos damos cuenta es que no podemos anestesiar nuestras emociones y sensaciones selectivamente, cuando lo hacemos lo hacemos con todas ellas.

¿Y qué sucede cuando estamos en este estado de adormecimiento continuo de nuestro sentir? Esto nos conduce a un estilo de vida que en el fondo no nos representa, nos conduce a ser una versión de nosotros mismos que nos desagrada, nos conduce a sostener relaciones, trabajos y cosas que no necesitamos y que incluso nos hacen daño. Los niveles de insatisfacción, soledad, ansiedad y depresión crecen exponencialmente mientras -al mismo tiempo- seguimos ignorando las luces de alerta como sí al cubrirlas para no verlas los problemas dejasen de existir.

Yo mismo he sufrido la desconexión. Veamos, que se trata de un mecanismo adaptativo con beneficios pero claro, en situaciones extremas, no para vivirnos la vida en modo supervivencia. De manera que, sé de qué se trata, y creo que a esta altura todos los sabemos.

Mi trabajo se centra en ayudar a las personas a que logren acceder a una versión de si mismas en las que se sientan verdaderamente conectadas, que logren vivir una vida con autenticidad y coraje, que sean capaces de formar equipos de trabajo y co-crear culturas de pertenencia. Porque cuando nos conectamos de verdad todo lo demás ocurre. La conexión es nuestra fuente primaria de energía.

EZEQUIEL PONCE
Barcelona, Sep 2020