Cuando somos niños anhelamos ser como todos y al mismo tiempo buscamos diferenciarnos. Nuestra identidad se va moldeando en la diferencia. Pero si somos muy diferentes corremos el riesgo de ser señalados, apartados, expulsados. Algo que no podemos permitirnos.

¿Qué sucede cuando de niños comenzamos a darnos cuenta que somos bastante diferentes a nuestros pares? ¿Qué sucede cuanto nos damos cuenta que mi forma de ver el mundo, de relacionarme, de entretenerme, de andar, es muy diferente?

Huyendo de abismo del rechazo y la no aceptación podemos caer en la trampa del silencio interior: Comenzamos a vivir de acuerdo a lo esperado, se silencian los propios deseos, se silencias las necesidades, se silencian los impulsos, se silencian los dones, si silencian las ideas, se silencia la pasión, nos silenciamos. Un silencio que no siempre es silencio.

Un silencio que más que silencio es un murmullo que habita en nuestro trasfondo. Un murmullo que escuchamos todos los días y desde el cual nos comparamos. Comparación que nos lleva a la conclusión: «soy sapo/rana de otro pozo», «no pertenezco aquí», «soy la oveja negra», «estoy defectuosx». Los ojos ajenos reflejan estas expresiones. Los ojos ajenos deben ser evitados.

Con frecuencia muchas personas llegan a la adustez con un gran carga de frustración. Llegan sin haber podido expresar todo su potencial.  Adultos que no fluyen, que no se expresan, que no se muestran. Adultos esposados a rigurosas normas y a las cadenas de supuestos sobre cómo se «deben ser» para acceder al derecho de simplemente: SER. Adultos atrapados por la gravedad, que viven en la gravedad. Adultos que buscan ser aceptados y amados. Adultos que evitan ser juzgados, rechazados o apartados. Adultos que conviven con el murmullo. Adultos que se sienten: INADECUADOS.

Este profundo temor a ser descubiertos. Este profundo temor a ser vistos y señalados los conduce a crear una vida basada en la INAUTENTICIDAD. Porque ser YO esta prohibido. Vivir en la inautenticidad produce frustración, rabia, angustia, ansiedad, gravedad, malestar, incomodidad. «Pero al menos no soy señalado» se dice a sí mismo. La inadecuación se traduce en una lucha diaria por ser aceptado.

El profundo deseo de ser liberado, por romper con los grilletes de la inadecuación y de la inautenticidad están presentes. Pero ¿Cómo se hace? ¿Cómo salir a una vida que no se conoce? ¿Cómo se vive sin estos grilletes?. Mejor me quedo aquí, en lo conocido, porque me aterra todo lo demás. No puedo. No sé. Mejor silenciar el deseo también. Shhh… no quiero escuchar, no quiero pensar.

Quizás la pregunta no ser ¿cómo se hace? sino ¿Qué necesito?. En principio. No es más ni menos que: CORAJE.

Coraje para hacer frente a ese terreno desconocido. Coraje para hacer frente al fantasma del rechazo. Coraje para mirarnos y aceptarnos. Coraje para elegir por primera vez. Coraje para cometer errores. Coraje para quitarle poder a esos dedos acusatorios y miradas sugerentes. Coraje para hacer frente al riesgo de la pérdida. Coraje para soltar las armaduras. Coraje para soltar los personajes y disfraces. Coraje para mostrarnos y sobre todo: para dejarnos ver. Coraje para hacer frente a lo nuevo. Coraje para soltar lo que nos falta y poner foco en lo que nos sobra. Coraje para darnos permiso y acceder al derecho de ser quienes somos, quienes queremos ser.

Coraje para vivir y brillar desde la autenticidad.

EZEQUIEL PONCE
Barcelona. Octubre, 2020